Fuego destruye Notre Dame en Paris y resurge entre las cenizas LA FE EN MARIA

Silencio. Lágrimas pero sobre todo emoción contenida. Y una ‘Ave María’ cantada por jóvenes, rodilla en tierra. Escribo pasadas las diez de la noche, tras recorrer durante las dos últimas horas los alrededores de la catedral de París. Notre-Dame acaba de arder.

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Una autoridad dice en la televisión que es imposible reconstruirla. Una de las joyas de la arquitectura gótica religiosa europea acaba de arder. Un monumento que atrae millones de turistas, símbolo de París, escenario de hechos históricos, protagonista de obras literarias como ‘El jorobado de Notre-Dame’ de Víctor Hugo es pasto de las llamas.

Pero todas estas consideraciones son humo. Las expresiones de pesar, llegadas de todo el mundo, parecen redundantes. Las discusiones sobre el estado de los monumentos, superficiales. Los detalles, salvo la ausencia de víctimas, carecen de importancia.

El ‘shock’ ha sido tan terrible que el líder de la Francia Insumisa, (extrema izquierda), acaba de pedir “una tregua política”. Y conviene tener en cuenta que Jean Luc Melenchon es un reconocido masón.

Las inquietudes políticas han quedado en segundo plano. La alocución del presidente de la República, Emmanuel Macron, prevista para las 20 horas, una hora después de que comenzara el incendio, aplazada hasta nueva orden.

París llora. Unos, la inmensa mayoría, en silencio. Algunos con lágrimas sentidas. Como esa señora de piel cobriza que se ha puesto a llorar y ha buscado consuelo en los brazos de Nani, una española residente en París, que me lo ha contado. “Decía que iba a rezar a la catedral todos los domingos. Yo, para consolarla, le he dicho que se puede rezar en muchos sitios”.

La pena era una emoción compartida por decenas de miles de personas. Con independencia de sus creencias. A Nani, que iba a su casa cuando ha visto las llamas devorar el pináculo, le ha salido al paso una vecina. Lloraba. Le ha dicho que no era religiosa. Pero estaba compungida. Sirvan esos dos testimonios como resumen de una noche trágica. París llora por su catedral.

Las llamas siguen consumiendo lo que queda de la techumbre donde se realizaban obras y donde se ha podido originar el incendio. Pero lo primero que me ha llamado la atención cuando he llegado, poco antes de las 20:00 de la tarde al quai de Béthune, en la vecina isla de San Luis, era el silencio. Había miles de personas. En las calles, en los muelles del Sena. Y sólo se oían las sirenas de los equipos de emergencia.

Un cura de otra parroquia, con la bici en la que iba para casa, no acertaba a decir más que “terrible”. Y esa palabra la he escuchado miles de veces. A media voz. Dicha al vecino. Dicha por el móvil, por miles de teléfonos a través de los que, los que estaban viendo las llamas se lo contaban a sus familiares y amigos.“Terrible, terrible, terrible”.

Poco después, el sol se ha puesto. Tiñendo de rosas y amarillos el cielo de París. Desde donde yo estaba, el astro palidecía ante los rojos y amarillos en los que se consumía el techo de Notre-Dame. La columna de humo era vertical y casi tímida. Como si no quisiera empañar la belleza en la que se consumía Notre-Dame.

Pero lo que nunca olvidaré es el avemaría que cantaban dos decenas de creyentes, la mitad, los más jóvenes, de rodillas. Con sentimiento. Bien entonados. Impasibles ante los que les fotografiaban o grababan en vídeo. Estaban en un lateral del jardincillo que hay junto a otra iglesia católica, San Julián el Pobre. Al lado de la mítica librería Shakespeare & Company.

No sé si alguna vez se reconstruirá toda la belleza de Notre-Dame de París. Seguramente, es imposible. Pero esa fe dará fruto. Ave Maria.

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