¿Por qué nadie pugna por el cargo de ‘ministro’ europeo de Exteriores?

Los ministros europeos de Exteriores se reunieron este lunes en Luxemburgo con una agenda tan cargada, explosiva y trascendental como de costumbre. En el orden del día figuraban desde el creciente conflicto entre EE UU e Irán, a la peligrosa inestabilidad de Venezuela o Moldavia o el impacto en las empresas europeas de las renovadas sanciones de Trump contra Cuba.

La reunión estuvo presidida, como siempre desde hace casi cinco años, por Federica Mogherini, vicepresidenta de la Comisión Europea y Alta Representante de Política Exterior de la UE. En teoría, uno de los puestos más poderosos de la jerarquía comunitaria a pesar de lo cual nadie parece demasiado interesado en el próximo relevo de Mogherini.

El cargo de Alto Representante de Política Exterior de la UE ha pasado en solo 10 años de ser una de las joyas de la corona de Bruselas a convertirse en un puesto poco apreciado y al que casi ninguno de los socios comunitarios aspira en primer lugar en el reparto que se pondrá en marcha en la cumbre europea de esta próxima semana (20 y 21 de junio).

Alemania, Francia, Italia, España u Holanda apuestan por hacerse en esa cita con las diversas presidencias en juego, desde la Comisión Europea al Banco Central Europeo, o por carteras pesadas en el área económica o industrial. En cambio, ninguna de las grandes capitales parece interesada en la jefatura de la diplomacia comunitaria, ocupada ahora por la italiana Federica Mogherini.

“Sigue siendo un puesto valioso pero en las dos rondas anteriores de nombramientos, en 2009 y 2014, se utilizó para rematar los equilibrios políticos, geográficos y de género y por eso no merece la pena colocar desde el principio a los mejores aspirantes en la carrera”, señala Ian Bond, director para Política Exterior del instituto Centre for European Reform (CER).

Tras los mandatos de Catherine Ashton (2009-2014) y Mogherini (2014-2019), el español Josep Borrell, ministro de Exteriores, y el holandés Frans Timmermans, vicepresidente de la actual Comisión Europea, apuntaban como los dos principales candidatos a encabezar un Servicio Europeo de Acción Exterior que cuenta con más de 4.000 funcionarios y 140 delegaciones en todo el mundo.

Pero tanto el Gobierno en funciones de Pedro Sánchez como el Gobierno holandés de Mark Rutte han mostrado escaso interés en hacerse con un cargo que ha pasado a ser la cenicienta en un reparto de poder en el que se juegan intereses aparentemente mucho más valorados por las capitales.

“La sensación en Madrid es que el Alto Representante no tiene demasiada influencia en la Comisión”, señalan los analistas Miguel Otero e Ilke Toybür, en un reciente análisis del Instituto Elcano sobre los intereses de España en el reparto de cargos comunitarios.

“Los viajes”, añaden, “conducen a muchas ausencias y, además, cuando se produce una crisis internacional importante, como la de Siria o Libia, los ministros nacionales de Asuntos Exteriores delos grandes Estados son los que marcan el paso”.

El Gobierno italiano de Matteo Renzi apostó muy fuerte en 2014 para hacerse con el cargo, pero la distancia entre Roma y Mogherini se ha ido ampliando hasta convertir a la Alta Representante en una suerte de comisaría sin pasaporte y dejar a Italia con la sensación de no estar bien defendida en el seno de la Comisión Europea.

En las primeras 17 reuniones de la Comisión de este año (entre enero y principios de mayo), Mogherini solo ha asistido a nueve de ellas a tiempo completo. Ha faltado a cuatro y en otras cuatro solo estuvo presente durante el debate de algunos puntos del día.

El vicepresidente del Gobierno italiano actual, Matteo Salvini, ya ha dejado claro que su poco aprecio por la cartera de exteriores de la Comisión. “Obviamente, no juzgo la labor de Federica Mogherini en Europa, pero creo que fue un clamoroso error del Gobierno [de Renzi] decidir que Italia se ocupase de los asuntos exteriores en Bruselas”, declaró a finales del año pasado el dirigente de la Liga. La semana pasada, tras su aplastante victoria en las elecciones al Parlamento Europeo, Salvini aseguró que Italia reclamará en Bruselas un puesto de “comisario económico, no un comisario filosófico”. Y apunta a las carteras de “comercio, agricultura y competencia”.

Bond considera un error minusvalorar la cartera de Exteriores y cree que la fortaleza del cargo “dependerá en gran parte de la persona elegida”. El especialista del CER en política exterior considera que “Mogherini ha sido bastante pasiva”. Y lamenta su escasa influencia en crisis tan graves como las de Siria o Libia.

“La cuestión”, añade Bond, “es conformarse con que los grandes países de la UE lleven la voz cantante o contar con un Alto Representante capaz de demostrar el valor añadido del puesto y hacer que los grandes Estados lo acepten”.

Pero la coincidencia este año del relevo de la Alta Representante con la renovación de hasta cuatro presidencias (Comisión, Consejo, BCE y Parlamento Europeo) ha devaluado aún más el atractivo de un cargo que nació en 2009 como embrión de un futuro ministro europeo de Asuntos Exteriores.

Hace 10 años, solo había dos nombramientos en juego, el del primer presidente del Consejo Europeo (Herman Van Rompuy) y del primer Alto Representante (Ashton). En 2014, la presidencia de la Comisión se despejó rápidamente a favor de Jean-Claude Juncker y el puesto de Alto Representante ganó enteros como segunda pieza. El Gobierno británico de David Cameron, primero, y el italiano de Renzi, después, se hicieron con un cargo que todavía lucía una aureola de prestigio. En 2019, la jefatura de la diplomacia europea es la quinta pieza del escalafón a repartir. Y se perfila como un mero premio de consolación para completar los equilibrios del resto del rompecabezas.

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